Inspirado en
los modelos de la antigüedad clásica, Rubens mantiene una composición
tradicional y presenta a las tres gracias formando un círculo compacto, de
manera que una de ellas da la espalda al espectador. Sobre sus cabezas aparece
una frondosa guirnalda de flores y un putto o angelito que vierte agua con un
cuerno de la abundancia. Al fondo, un paisaje idílico y minucioso se acentúa
todavía más la belleza del conjunto.
En cuanto a la
estructura interna, el pintor flamenco da una especial importancia a la
relación existente entre las figuras, porque, aparte de estar conectadas
físicamente por los brazos y por el fino velo que las envuelve, también están
vinculadas a través de la mirada, detalle que refuerza la unidad del grupo.
Otro aspecto
relevante del cuadro es el gran dinamismo que consigue la escena, gracias a la
interacción que muestran los personajes entre sí, a su movimiento corporal y al
predominio de la línea curva y sinuosa en sus siluetas. Este último aspecto
ayuda al pintor a reforzar la sensualidad de la escena, complementándola
perfectamente con el tenue foco lumínico que envuelve las figuras, con un juego
armonioso de claroscuros que consigue resaltar la blancura de sus cuerpos.
El cromatismo
de Las tres gracias se fundamenta en el uso de las tonalidades pálidas, sin
estridencias, tanto en las figuras como en el fondo, dominado por los ocres y
los verdes.
En la
mitología grecorromana, las tres gracias eran la personificación de la belleza,
Aglae Eufrosime y Talía, eran hijas de Zeus y de la ninfa Eurynome, y presidían
fiestas y banquetes danzando al servicio de los dioses, acompañando normalmente
a Afrodita (diosa del amor).
Rubens utilizó
esta temática para mostrar uno de los mejores ejemplos del ideal de belleza
femenina de la época. En sus rostros algunos críticos han querido reconocer las
facciones de las dos esposas del pintor: Isabella Bandt, a la derecha, y Hélène
Fourment, a la izquierda.

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